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Gubaidulina a Barcelona

“(…) la compositora terminó la tarde con un buen sabor de boca gracias a la interpretación de Nikola Tanaskovic (por quien Gubaidulina se deshizo en elogios) del De profundis: una obra con una carga dramática extraordinaria, que -aunque fue prohibida por las autoridades soviéticas dentro y fuera del país- algunos acordeonistas interpretaban fuera de programa.”

REVISTA MUSICAL CATALANA, 14 DE MARZO DE 2013.
POR JOSEP BARCON

Nikola Tanaskovic, o cómo atravesar la noche con un acordeón

En una esquina del claustro de la catedral de Tuy, bajo un Cristo sobrio, que paree ocultar su rostro para que no veamos la intensidad de su dolor, Nikola Tanaskovic abraza su acordeón negro como si encerrara algo más que mar y viento. Arrancó con De profundis, el Salmo 130, obra de la compositora rusa de origen tártaro Sofia Gubaidulina, nacida en 1931, y enseguida comprendimos que la noche no nos iba a dejar intactos. Lo que este muchacho nacido en la localidad serbia de Novi Sad hace 26 años hace con el acordeón es un misterio. A veces un barco ebrio, otras el viento que agita el bauprés. Logra que música compuesta en nuestro siglo para expresar lo inexplicable se vuelva legible gracias al acordeón. El sonido semeja en ocasiones como si imitara el sonido de un barco atravesando la ría y desvaneciéndose en medio de la niebla. Suenan las campanas de las diez de la noche en una torre que no sé es la de la catedral, pero da la impresión de que Nikola la estuviera esperando para que le acompañara en esta travesía estremecedora. Pasa una golondrina por el claustro y es como si Cristo volviera el rostro para escuchar mejor. Hasta llego a imaginar que cobra vida, despertado por la música, y le suplica quedamente al músico, y a nosotros, que por favor le desclavemos. Me dejo llevar por esa veta de la imaginación mientras el acordeonista repasa cuatro siglos de música española, desde Antonio de Cabezón, organista de la capilla musical de la emperatriz Isabel de Portugal y al servicio de Carlos V desde 1538, hasta las Arquitecturas del silencio, de José María Sánchez Verdú, que desdobla, como él mismo dice en el español cálido que emplea, en arquitecturas del pensamiento y arquitecturas del alma.

¿Qué sonidos se pueden extraer de un acordeón negro como la antracita con estrellas de mica fabricado primorosamente en Italia? Un instrumento que se toca abrazándolo no se parece a ningún otro. A veces parece un radioaficionado en mitad de la noche, mientras el cielo sobre el claustro se va volviendo azul cobalto. De repente es como si el instrumento tuviera miedo y hubiera en parte enmudecido. La dicha de enmudecer. O buscara otros registros. Otra voz. Como una partitura en morse. De nuevo, señales tenues de un barco perdido en medio de la oscuridad y de la niebla. Y un teléfono que comunica, que no da señal, que no sirve para lo que fue ideado. ¿Como los teléfonos de hoy día, que no sirven para escuchar y con los que acaso nos comunicamos menos que nunca porque no tenemos nada verdadero que decirnos? ¿Es acaso lo que intenta decirnos Nikola Tanaskovic? A menudo, cuando toca, cierra los ojos. Como si así nos ayudara a escuchar más profundamente. Su forma de tocar es como si llevara entre los brazos un órgano, una orquesta, un pesar y una dicha que nos entrega a cada uno sin énfasis, sin la menor pretensión, sin manierismos. Él nos dirá luego, cuando nos lo presenten en la propia catedral desierta, que quedan muchos sonidos por extraer del acordeón. Como si fuera (lo pienso en medio del concierto y de la noche) una caja de Joseph Cornell.

Hay conciertos que nos hacen creer que somos mejores, o que podemos serlo. Como si la música afinara nuestra inteligencia, aguzara nuestra sensibilidad. Es lo que hace este músico extraordinario que jamás ha querido utilizar el acordeón para tocar melodías folclóricas, tan caras a la tradición de su país, a los Balcanes. Es como si quisiera utilizar el acordeón para construir otros puentes, menos efímeros, menos excluyentes. Es como si todo el tiempo, sin el más mínimo atisbo de orgullo o de petulancia, pero con la mayor exigencia y ternura, nos estuviera enseñando el arte de escuchar.

http://www.fronterad.com/
Por Alfonso Armada, Director ABC Cultural

Mensaje musical

“Ayer fuimos testigos de la fuerza con la que comenzó el ciclo de jóvenes interpretes de Quincena. El serbio Nikola Tanaskovic, que se forma actualmente en el Centro Superior de Música del País Vasco -Musikene-, fue el intérprete escogido para abrir resta serie de conciertos. Ofreció un programa que combinó obras contemporáneas con otras barrocas, clásicas y románticas. Fue atrevido pero bien conjugado y muy acertado.

Respecto a la interpretación del acordeonista podría resumirse en intensa, clara, elegante y sutil. Fue una exhibición que mantuvo al publico atrapado y ensimismado en un recital cautivador. El joven demostró la gran seguridad y comprensión frente al repertorio de autores como Olsen, Lazkano o Gubaidulina. Fue en la pieza De Profundis de la compositora rusa donde se observo el gran acordeonista que es. Efectos sonoros y delicadeza sumada al carácter tan acertado que transmitió Tanaskovic fueron algunas de las cualidades destacables.

Sugerente fue la propuesta de interpretar obras de Bach, Mozart y Scarlatti. Los oyentes pudimos disfrutar de estas composiciones desde la perspectiva del acordeón siendo sorprendente para algunos y un placer para todos. Tanaskovic demostró que no existe buena o mala música si la interpretación es de alto nivel. El concierto estuvo plagado de matices, fraseo, dirección y talento. Cualidades que el publico supo ver y valorar pidiendo propina, la Danza de la Pastora de Ernesto Halffter.

El hecho de que Tanaskovic forme parte de este ciclo es un aplauso merecido a Musikene. Un centro que demuestra con recitales como el de ayer, ser un ejemplo de formación y un punto de referencia en la educación musical. Este joven serbio -al que debemos seguir muy de cerca- hizo una de las cosas mas difíciles que existen para un músico: enamorar con el arte al publico y demostrar que el art esta ligado al mensaje.”

DIARIO VASCO, 20 AGOSTO 2013. POR TERESA ALBERO.

Dos extraños se encuentran

CONCIERTO DE ‘PAMPLONA ACCIÓN MUSICAL’

Intérpretes: Alejandro Olóriz, violonchelo. Nikola Tanaskovic, acordeón. Programa: Mikhail Bronner (1952): Traumgaarten; J. S. Bach: Suite para violonchelo solo número 1 y Sonata para viola de gamba y clave. Sofía Gubaidulina (1931): In croce. Programación: Ciclo Pamplona Acción Musical del Ayuntamiento de Pamplona. Lugar: Civivox Condestable. Fecha: 6 de febrero de 2015. Público: lleno.

Por muy extraño que nos parezca el emparejamiento de algunas formaciones camerísticas, cuando media entre ellas una soberbia composición, la reticencia se diluye; y es la admiración, el descubrimiento, el que se apodera de nosotros. Ocurrió en el concierto que nos ocupa: chelo y acordeón parecen lejanos, y, sin embargo, Sofía Gubaidulina les extrae un mundo sonoro inaudito; y Juán Sebastián Bach -que se adapta a todo- emparenta estupendamente el chelo con la viola de gamba, y el acordeón con el fuelle del órgano positivo y puntillismo del clave. Mediando en todo ello, claro está, dos extraordinarios intérpretes, que superaron todas las expectativas. Estamos acostumbrados a un muy alto nivel entre los jóvenes músicos, pero estos dieron la sorpresa.

Alejandro Olóriz ha alcanzado el nivel técnico que le permite acceder a las suites de Bach -condición sine qua non para ser violonchelista-; pero lo importante de este intérprete es la transmisión expresiva, la perfecta afinación, y que el sonido de su chelo es siempre hermoso, sobre todo en los agudos, en el glissandi -abundantes en esta cita- e, incluso, en los que quiere que sean ácidos -exigencias de la música contemporánea-. Su suite número 1 fue volátil sin perder profundidad, suelta y plena a la vez, con un trazado -incluso de movimiento de arco- que la hacía fluir con esa sensación de facilidad. Nikola Tanaskovic nos trae una acordeón depurada, de máximas posibilidades, desde el sonido de fuelle solo, hasta la prodigiosa digitación de clave en la sonata de Bach: mano derecha, el tema; y el matemático bajo continuo en la izquierda.

Personalmente, lo que más me impresionó fue la obra de Gubaidulina: es una narración escalofriante y poderosa de La Cruz, desde dos tradiciones fundamentales de esta compositora, la tradición rusa del acordeón, y la mística. Con el cresccendo y diminuendo como motor, y con el implacable, compenetrado y perfecto sentido de la regulación que demostraron los dos intérpretes, fueron trazando el alzado y el descenso del signo cristiano, comprometiendo lo divino y lo humano que tanto gusta a la compositora. No se puede decir tanto con tan poco. Dos instrumentos -en principio, extraños- y ese aparente estatismo del minimalismo místico, que sale de la fragilidad de esta gran mujer y que alcanza tan altos vuelos.

Tan rotunda fue la versión de In Cruce que la sonata de Bach, que cerró el programa, casi me pareció una pieza especialmente galante, un divertimento, por otra parte delicioso, que sirvió para cotejar la gran categoría del dúo: un Bach matemáticamente exacto, sin pisar una nota fuera del teorema, pero con lirismo cordal y plenitud conclusiva de la obra.